Gastón
Cornejo Bascopé
Febrero
2016.
En febrero de 1996 comenté el primer libro
de Guillermo Razo Cuevas, así titulado
obra del gran periodista, abogado y escritor mejicano que visitó Potosí y
compuso una novela denominada
¡P´otojsi! - ¡Trueno!
¡P´otojsi! - ¡Trueno!
Inmediatamente
me situé en el tiempo del Coloniaje. La
trama de la novela sucede en 1728. Siglo de las Luces, siglo de los Borbones en
la Europa colonizadora. En la América meridional y en la Real Audiencia del
Charcas Alto Perú, es tiempo del holocausto andino y el genocidio en la mina de
plata de Porco y del cerro fabuloso de Diego Huallpa en Potosí.
El
Visorrey Francisco Álvarez de Toledo, en 1573 ante la crisis económica de
España, decide explotar los minerales y también los hombres naturales en una Institución que desde el incario se
llamaba MITA; pero con caracteres muy diferentes.
El
reclutamiento de mitayos se efectuaba
por orden de la citada autoridad a partir de los 15 años y se expandía hasta
los 50, en 139 pueblos, sistema que retira una séptima población masculina cada
año. 13 000 varones indígenas bajo jurisdicción de los Corregidores – existían
83 en el Perú – castigaban con azotes,
multas y colgamiento de los cabellos a los dirigentes de las poblaciones que no
entregaban el aporte humano.
Al
cerro de Potosí ingresaban los mitayos al infierno, desde el día lunes a
sábado, recibían alguna comida los jueves y salían a la luz del exterior el
final de semana para asistir todos a la misa, el domingo.
Valentín
Abecia, historiador remarca un patético dato:
“El cerro es una sierra grande, en gran manera fría, los inviernos son helados
y es tan grande el calor dentro que se abrazan vivos. Acabando de trabajar salen
de la mina con los metales a cuestas y es gente desnuda porque encima del
pellejo no traen sino una camiseta y calzones de cordillate. Salen sudados,
resfríanse pronto y dales una tosecilla de que se vienen a morir”
Sabemos
que las numerosas epidemias de viruela, sarampión, tabardillo, verrugas, sarna,
difteria, tifoidea, azolaban periódicamente las colonias con enfermedades que
llegaban con los señores extranjeros. (Los europeos – así llegó también la espiroqueta
pálida de la sífilis)
La
esclavitud y el tráfico de africanos se ofrecían como un negocio productivo. El
Santo Oficio ya establecido desde 1570, sentenciaba, sacrificaba y daba muerte
a los enfermos mentales, histéricos, epilépticos, oligofrénicos y a las brujas
relacionadas con las fuerzas demoníacas y a todo contestatario que se
calificaba en los rubros anteriores.
El
tormento producía fracturas óseas, luxaciones articulares, desgarros nerviosos
con la parálisis consecuente y quemaduras extensas, pérdida de conocimiento y graves
secuelas. La Santa Inquisición controlaba la ignorancia del pueblo que estaba
totalmente sometido y prohibido de leer a Servet, Galileo, Harvey, los
sacrílegos. En 1600 quemaron en Florencia al gran humanista Giordano Bruno,
torturándole salvajemente previo a la hoguera.
La
naturaleza humana era considerada cosa del diablo; la menstruación femenina un
fenómeno fuera de las leyes naturales. “¿Cómo sacará el cirujano la criatura
viva o muerta de la matriz? … Primero reconocerá si está muerta por la falta de
movimientos, el vientre frío y el resuello de la madre hediondo., los ojos hundidos,
los labios sin color, moreteados, el vientre aventado. Meteréis la mano derecha
untada con enjundia de gallina y sacaréis la criatura entera o a pedazos. Si no
pudiéreis desharéis los huesos de la cabeza sino meteréis algún garabato o
cuchillo encorvado con mucho tiento y destreza que suele ser la causa de muerte
de la enferma”
Guillermo
Razo remarca que esta gracia no alcanzaba a las monjas de claustro que mueren de
mal parto o de aborto --- como sucedió con la heroína de la novela que analizamos,
Sor Rebeca del Villar, embarazada por Fray Reynaldo, poderosos Abate secretario
del Arzobispo.
Don
Pedro Vicente Cañete y Domínguez.
Gobernador, expresa su desprecio por los indios rechazando en ellos la vacuna
protectora: “No es conveniente el suero entre los indios porque el resultado es
dudoso y es casi imposible producir mutaciones porque sus alimentos son
groseros, además de escasos; su vida brutal, sus continuas borracheras y la
intemperie en que viven, es forzoso que engendren malos humores, tan dóciles y
crasos que de ningún modo es conveniente el uso de la inoculación”
Teodosio
Imaña Castro revela: “La inmensa rebelión andina inspiró a las autoridades de
la Corona la adopción de medidas radicales. Se exterminó y sacó del continente
a los rebeldes y a todos sus descendientes y evitó la posibilidad de
matrimonios y descendencia de los Tupaj Amaru y Katari, encarcelando hasta la
muerte a todos los familiares”
Julio
Rodríguez Rivas transcribe de Gunnar
Mendoza las notas del cronista Arzans de Urzúa y Vela: “En 1728, reapareció la
peste en Potosí. Comenzaron a compungirse reconociendo pecados tan continuos y
escandalosos. Se hicieron las acostumbradas rogativas, procesiones y cirios.
Tantas medicinas y sangrías, ventosas, cauterios y martirios --- y para huir
del pecado ¿Qué es lo que hicisteis y hacéis? ¿Qué de los ayunos, cilicios y
disciplinas? ¿Qué de lágrimas y confesiones?”
Tenía
que llegar a nuestro patria y a nuestro valle un mejicano despierto en cultura,
sensible y perspicaz para recordarnos
magistralmente , mediante una espléndida novela, la realidad y el oprobio del
pasado colonial; la esclavitud implantada, fáctica y espiritual de nuestro
mayores, antepasados indígenas, para que
las generaciones presentes, descendientes de criollos, mestizos, indígenas y
cuarterones de Charcas, Alto Perú, y desde Bolívar, Bolivia, reflexionáramos
sobre el pasado histórico y la realidad socio cultural primigenia conectados
con las complejas falencias del ser humano actual, el producto humano, contradictorio,
rebelde, se encuentre indignado en su humanidad; el mismo que genera una patria
de difícil construcción por los complejos de inferioridad heredados en los
mandados, y la egolatría y arbitrariedad de los mandantes.
Guillermo
Razo reabre la herida casi sin quererlo.
Viaja Potosí y rastrea las verdades ocultas; iluminado pergeña una novela de
verídica trama. Los actores no son seres excepcionales, mas bien, son
representativos de una época pretérita reciente y en muchos aspectos, contemporánea.
El
Virrey Toledo, todopoderoso se eterniza actualizado en la cumbre del poder. Su autoridad es incuestionable, inquisitorial,
mantiene el carácter de Torquemada entre
bambalinas pseudo-democráticas en el teatro virtual de la existencia nacional.
Los
criollos y sus descendientes guardan equilibrio reteniendo el poder temporal, a
pesar de la Independencia, en el tiempo republicano; en cambio, los
descendientes originarios auténticos, antes príncipes, luego siervos, aún mantienen
su condición paria “el pedacito roto de
hombre inconcluso que por las calles de hoy, que por las huellas del otoño
muerto, van machacando el alma, hasta la tumba” (P. Neruda)
Los
más tristes signos de inhumanidad, de
atraso, incultura y desamparo, vivienda miserable y hábitat destrozado, un horizonte gris y el
erial entorna al boliviano marginal que como en el P´otojsi de Razo, están
disimulados por el aparente desarrollo tecnológico, encubiertos por la dominante
cultura occidental.
Los
conquistadores, descubridores, conceptuaron al Hombre americano como parte
nimia de la zoología regional. El indio no poseía alma y el evangelizarlos era
imprescindible para el dominio natural de su conquista y servidumbre.
Los
Hijos el Sol, de cosmovisión diferente, no encontraron diálogo ni entronque. Su
medicina, superior a la hispana, su arquitectura colosal, sus saberes agrícolas
insuperables, su metalurgia artística y relevante, hasta que llegaron los
blancos barbudos con truenos certeros sobre monstruos relinchantes, galopando
al unísono en redoble de cuatro patas con herraduras metálicas. Junto a ellos,
llegaron también unos frailes predicando doctrinas atemorizantes y persecutorias, plagadas de
diablos y duendes. Juntos ajusticiaban a garrote quebrantando cuellos y
quemando en piras funerarias a los infieles en cadalsos públicos.
No
edificaron escuelas ni hospitales; no asilos ni comedores; sólo conventos y
claustros con jóvenes enterrados de ambos sexos donde también el amor fue
extraviado y era menester ser asexuado en plena hermosura para alcanzar la
gloria eterna en los cielos.
El
proceso natural del sentimiento fue envilecido, se conoció al fin la violencia
y el desprecio; la violación y el sacrificio, el látigo y el cilicio, la cadena
y el garrote. Cielo para los blancos que transcurrían serenos la existencia. Infierno
en la vida de los siervos de habla
indigna.
Para
mejor faena trajeron africanos teñidos de sol e impureza, seres extraños,
animales sufrientes e incompetentes en la puna. Y para todos ellos, los que
entraban a la Mita, esa extraña enfermedad que aflora con tos espumosa y
sangrienta que se llama Tisis y se los lleva temprano. Sumisos recibieron resignados, el palo en el dorso herido, la
violación, las cadenas, la alienante palabra autoritaria de la exclusión y el desprecio.
También la muerte de los dioses tutelares. Todo este cruel relato, cercano y ya olvidado, persiste en nuestra
mente como la dolorosa e increíble imagen del pasado.
La
obra literaria de Guillermo Razo, escritor salmantino, en la belleza literaria de
exposición, electriza los nervios de esa realidad cuestionada. Por su trama
pasan pensamientos reflexivos, evocaciones dolorosas que el autor epiloga
sutilmente, en significación creativa, en pos de mejores horizontes para el globalizado
pensamiento de la redención americana.
Razo,
mejicano auténtico, ahora egregio boliviano. Para quienes abordamos sus
orillas, es un entrañable ser cuya amistad transparente se aprecia por su fraternal
empatía ideológica.
Cochabambino
al fin, cual ruiseñor sonoro, inicia su
canto en gorjeo de amor, al valle nuestro, al elevado Cristo, él mismo estela
purificada de cometa.
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Pasaron
veinte años desde la presentación del libro P´otojsi hasta el presente, Razo que
escribió en Cochabamba 28 libros estupendos retornó a su patria, temporalmente,
pues su corazón quedó sembrado en Cochabamba.
Virgen del Cerro, Anónimo, siglo XVIII, óleo sobre lienzo
La pintura "Virgen Cerro" es la mayor
trascendencia iconográfica dentro del Museo de la Casa de Moneda ,de autor
anónimo, del siglo XVIII, en técnica de óleo sobre lienzo.
En la parte inferior de la pintura, la escena terrenal
muestra varias alegorías, la primera se refiere al origen del nombre de la
ciudad de Potosí, interpretándose que Huayna Cápac, Emperador de los incas,
llego en el año 1462 al sitio que ahora ocupa la ciudad y quedó maravillado al
observar el cerro que se conocía como Sumaj Orko (Cerro Hermoso), ordenando a
sus vasallos explorar la montaña. Al cumplir ellos la orden, escucharon al
estruendo "P`otojsi", vocablo quechua - aymara del cual derivó el
nombre de Potosí.


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